jueves, 26 de marzo de 2009

PARASHÁ VAYIKRAH (Y llamó el Eterno a Moisés….) LEVÍTICO I:1 – V: 26

Correspondiente al Shabat 3 Nisán 5769 - 28 Marzo 2009

Por L. Conde


Iniciarse en la disciplina

Dicen que los niños deben empezar a estudiar la Torá precisamente por el Levítico. Pero de joven solía saltar esa parte porque me resultaba árida y llena de reglas que consideraba excesivas e inútiles. Además ya no existía el Templo, argumentaba yo con estúpida arrogancia. No tuve un maestro severo que me inculcara disciplina. Luego eché de menos a alguien así cuando ya era demasiado tarde y los avatares de la vida se encargaron de instruirme en soledad. Ahora, sin embargo, me admira este sinfín de ordenanzas minuciosamente descritas, las diferentes maneras de ofrendar los animales y vegetales (Korbán y Minjá) atendiendo a las distintas causas de porqué se realiza el sacrificio (Olah, Jattat, Asham, Shelamim…). Toda una lección de Disciplina llena además de simbología. Ahora comprendo porqué los niños deben empezar a leer la Torá por el Levítico (Vayikrah).


Rituales, Cortesía, Protocolo.


Hace poco recriminé a un niño adorable, de 6 años, por no saludar con el debido respeto a una persona mayor.


“Tú no eres mi madre!”, me conestó desde su rebeldía.


“No, no lo soy, pero soy una persona mayor y el deber de los mayores es educar a los pequeños, sean de la familia o no. Es el deber de la tribu, de “toda” la tribu, educar a sus cachorros, lo más querido, los que nos sobrevivirán, los que nos recordarán o no. Tiene que ver con el Amor.” Le respondí.


Viene esto a cuento porque la Parashá con la que comienza el Levítico es un canto a la disciplina, a la cortesía, a la buena educación, a las reglas del juego comunitario; cuando conocerlas o no es la diferencia entre ser aceptado en el grupo o condenado al ostracismo social. Pero va más allá, como todo en la Torá, trasciende a nuestra relación con Adonai. Cómo presentar una ofrenda al Rey del Universo, Adonai Melej. Hay un estricto protocolo en las relaciones diplomáticas, los Embajadores presentan sus credenciales a un Rey o a un Presidente de un Estado en una singular ceremonia. A lo largo de nuestras vidas realizamos ceremoniales públicos y privados, ritos en los que sabemos cómo comportarnos, donde se aprecia nuestro nivel de educación: exquisita o rudimentaria. Disfrutamos más si sabemos el significado de esos rituales, aunque a veces los hagamos de manera automática. Da una cierta seguridad conocerlos y también nos identifica con los nuestros. Cada grupo humano tiene diferentes rituales. Nacimientos, bodas, entierros…. Fiestas sagradas, oraciones en la intimidad… un minucioso protocolo rige nuestras vidas de manera casi imperceptible para el que lo sigue porque lo hace desde que tiene memoria, sólo alguien ajeno al grupo lo puede ver extraño e incomprensible. Parece algo frío, falto de espontaneidad, incómodo o tal vez falso. Y sin embargo no es así. El saber cómo comportarse en situaciones delicadas ayuda a sobrellevarlas De nuevo la disciplina.


Equivocarse, rectificar y resarcir.


Hacerse cargo de la vida de uno es también y sobre todo hacer frente a los errores. Las acciones de cualquier naturaleza producen consecuencias. Si las consecuencias afectan a otro hay que desagraviar, restituir, reparar, indemnizar. Incluso si no hubo intención de dañar, pero por ignorancia, estupidez u omisión se produjo algún daño.


Un accidente de tráfico es eso, un accidente, no hay intención de dañar. Pero se produce. Y hay un herido. Hay que reparar e indemnizar ese daño.


Llegamos a casa cansados, irritables, saludamos hoscamente, necesitamos descargar toda la ira acumulada en el trabajo, esa que no fuimos capaces de dirigir hacia la persona que nos la causó, esperamos cualquier pretexto y si no llega lo creamos, y comienza una especie de espiral que va creciendo y se alimenta del propio fracaso. La otra persona lo interpreta como algo personal, no sabe ni sabemos explicarle que simplemente es una explosión de toda la frustración acumulada durante el día porque nos hubiera gustado que las cosas fueran de otra manera y no supimos reconducir la situación y rumiamos una y otra vez nuestra decepción sin hallar una salida porque convertimos ese rumiar en un fin en sí mismo. El daño que hacemos al inocente depositario de nuestra ira se vuelve contra nosotros. Nadie es más manipulable que un iracundo. Es tan fácil sacarle de sus casillas a nuestra conveniencia haciéndole creer que es él el que maneja la situación.


Y para todo esto hay unas reglas. Ya no tenemos templo. Es cierto. Pero perviven los rituales adaptados a los tiempos y circunstancias. Y debimos hacerlo bien porque aquí estamos. La ofrenda que más me gusta es la de agradecimiento (Shelamim), no crean que es por descartar el pedir perdón y prometer enmienda y reparar lo reparable, no, es que creo que agradecemos poco teniendo tanto. Modé aní….al despertarnos. Estamos vivos, respiramos, vemos, oímos, olemos…. Tenemos quebrantos, cómo no, pero da vergüenza quejarse y además para qué. No podemos perder el tiempo en lamentaciones, kadima, la vida es esto, seguir adelante contra viento y marea, seguir aprendiendo, construir, florecer como el desierto de Israel.


Shalom.