jueves, 7 de mayo de 2009

PARASHÁ EMOR (…El sacerdote por un muerto entre su pueblo no se impurifique, salvo por su mujer….) LEVITICO XXI: 1 – XXIV: 23

Correspondiente al Shabat 15 de Iyar de 5769 – 9 de Mayo de 2009

Por L. Conde


LA INDISCIPLINA


El Levítico es lo primero que enseñan a los niños para inculcarles disciplina. Es tal vez la parte más árida de la Torah por cuanto se refiere a Leyes en su mayor parte. Es la legislación aplicada a lo social y también legisla lo privado. Derechos y Deberes. Al final yo también he caído en esa falta de disciplina y desde la Parashá Tazría no he vuelto a escribir sobre las siguientes (Metzorá, Ajaré Mot y Kedoshim). Le sigue ésta, la Parashá Emor. Y sobre ésta escribo porque unos ojos azules me recordaron el pasado viernes, antes de Kabalat Shabat, que había abandonado la disciplina de escribir sobre las porciones de la Torah. No fue un reproche, fue una llamada al orden que le agradecí mucho, es una forma de sentirse querido cuando echan de menos la continuidad de una buena actitud. Así que Emor la escribo como todas las anteriores, pienso en alto y lo comparto sin más intención que conversar de esta manera extraña que da internet, sin saber quién puede leerte o no, quién puede estar de acuerdo o no, ojalá pudiera ser más interactivo el blog y aparecieran opiniones para todos los gustos. Pero esta vez Emor va sobre todo para ti, que sé que me lees y que me recordaste que no me olvidara de la Torah, no de leerla, que sabes que lo hago, sino de comentarla contigo en esta pantalla aunque no suelas responderme. Sabes? Me sentí avergonzada ante tu mirada, siempre tan limpia, expresando siempre deseos tan puros. Y fue de las pocas veces que no me importó sentir vergüenza porque no tenía que ver con la humillación, sino con el cariño de quién te quiere bien y te avisa de que te estás abandonando. El viernes pasado leímos Emor juntas, sin apenas tiempo para comentar cada párrafo. A mi me llamó la atención el de la condena a muerte de un medio judío, hijo de judía y de egipcio, por blasfemar contra el nombre del Eterno. Es la parte que te voy a comentar.


OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE


Después de sacar al blasfemo del campamento y ponerlo en prisión, ni Moisés ni los sacerdotes se atreven a tomar una decisión sobre la pena que debe afrontar. Y recurren a Adonai. Él dictará sentencia. Y la sentencia es la muerte. Más adelante siguen unas normas de impartir justicia de manera que la pena sea igual al daño causado: bestia por bestia, fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. Tanto daño, tanta pena. Intentaré defender este argumento y el contrario. De pequeña jugaba con mi abuelo a esto: defender con el mismo ardor un argumento y el antagónico. Para mi asombro descubría que ambos tenían motivos válidos, eximentes válidos, ambos tenían excusas; la cuestión estribaba en lo brillante de los argumentos, pensaba yo. Pero él que era anciano no se dejaba deslumbrar y hacía prevalecer la justicia desnuda de todo fuego de artificio.


Este episodio nos llevaría a hablar de la pena de muerte. Yo la veo como delegar la venganza en una instancia superior: el Estado. Sucede que los ciudadanos no son como los antiguos atenienses que se ganaban su ciudadanía a base de méritos, por lo que Atenas constaba de no muchos ciudadanos, eso sí, todos meritorios. Hoy en día se es ciudadano por nacer, se hagan méritos posteriormente o se convierta uno en un parásito o en un indeseable, se sigue siendo ciudadano y disfrutando de los mismos derechos, que no deberes. Un diputado de un país, hace poco, tuvo la idea de crear una especie de ciudadanía por puntos, como el carnet de conducir, de tal manera que habría quién perdiera sus derechos de ciudadanía por no cumplir con sus deberes de ciudadano. En principio no me pareció mal la idea. Creo que no prosperó.



OJO POR OJO, SI


Estamos viviendo una época en que los castigos son sustituidos por una especie de acto de reflexión sobre el mal causado. Se teme traumatizar a los niños, con los jóvenes se intenta que “razonen” y a los adultos les compensa delinquir si pueden pagarse buenos abogados. Estoy hablando obviamente del llamado primer mundo. Otro cantar es en otros países no tan lejanos.

Sucede que está mal visto afrontar las consecuencias porque el argumento común es decir que si “actuó así” es que tuvo “sus razones”, véase una infancia triste, un trastorno bipolar…. Tonterías. Ahora nos ponemos en el lugar del agresor y la víctima tiene que demostrar que es víctima y que no propició la agresión. Absurdo. Quién no escuchó, incluso a mujeres, que la violada se lo “andaba buscando”. El problema no está en la legislación que siempre va por detrás del sentir social, como el diccionario de la Real Academia que primero es el vocablo y luego el vocablo es llevado al diccionario. Fútbol apareció en el diccionario años después de que se dijera en la calle. Los delitos realizados en Internet se legislaron una vez aparecieron, no antes. Y al revés, se derogaron delitos, como la homosexualidad en España, cuando la mentalidad de la población cambió y lo permitieron las circunstancias políticas.


Pero defendamos el Ojo por Ojo con un caso práctico. No voy a poner el del blasfemo de esta Parashá porque hoy en día en este primer mundo a nadie se le condena a muerte por blasfemar. Observen que en los países musulmanes, sí. Y por tener un hijo fuera del matrimonio, y por adulterio, y por homosexual, y por convertirse a otra religión...


Un caso fácil. Una víctima inequívoca. Un niño. Nada hay más inocente que un niño. Pero ese niño es tu hijo. Vamos a ponerle edad a la víctima. 3 años. Un niño de 3 años es brutalmente asesinado. Y ese niño es tu hijo. Dime, no querrías hundir tus manos en el corazón del asesino y arrancárselo de cuajo, y aún así sería poco, nada podría calmar ese dolor loco, ni eso ni nada. Pero al menos alguien así ya no habitaría en el mundo. Ya no podría hacer más daño. Pero no es por eso. Es porque el daño que ya hizo debe pagarlo. No puede pagarlo de igual manera. Era un niño. Él es un hombre. Imposible infringirle el mismo daño, ni siquiera haciendo lo mismo con el hijo que tenga porque tal vez ni sienta ni padezca por su propio hijo. Puede que sea un animal sin entrañas, pero antes de que aleguen trastorno mental o defecto de forma en el proceso judicial y lo encierren unos años, siempre pocos, y duerma y coma a cuenta de los impuestos del resto de los ciudadanos libres, me siento mejor si soy yo el que vengo a mi hijo. Por él. Qué más me da ir a la cárcel después. Qué importa. Hago lo que tengo que hacer y yo sí asumo las consecuencias. Y lo más importante, hago que las asuma él. Hay lazos de sangre, y a veces nunca mejor dicho. Lazos de sangre.



DIENTE POR DIENTE, NO


Démosle la vuelta al argumento anterior. Lo mató él. Seguro? Y si fue una sucesión de malentendidos, y si estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y si pasaba por allí y vio el cuerpo del niño y se agachó a auxiliarlo y se manchó de sangre y se asustó y huyó y…. y si a pesar de todo confesó el crimen. Entonces ya no hay duda. Pero siempre hay duda. Después del dolor viene la reflexión. No la excusa. El conocer el porqué, consuela?, el conocer el para qué, consuela?. Nos damos cuenta de que no hay un porqué ni un para qué. Las cosas suceden y de nosotros depende buscarle un significado o no. Lo que más nos ayude. Buscamos refugio, pero HaShem no es mi padre, es mi Dios. Tenemos un pacto. Me enseña a ser fuerte no a refugiarme. No me da el pescado, me enseña a pescar. Me enseña a seguir viviendo. Yo con mi dolor, el asesino con el suyo y si no lo siente no es cosa mía. Yo no soy dueño de su vida ni él de la mía. Mi hijo ya no está. Quedo yo, le sobrevivo. Ya nada peor puede pasarme. Pasarme? Qué egoísta. El protagonista es mi niño, no yo. Nada peor puede pasarle a él. Aquí estoy yo compadeciéndome con mi drama personal y aislándome del mundo. Tengo que superar mi periodo de luto y salir a la luz. No mancharme con más sangre que la mía. No sentirme especial por haber vivido este drama.

La vida tiene estas cosas terribles. Y me queda vida aún. No quiero desperdiciarla. Mi niño no se lo merece. Y yo, que soy judía, qué no sabré de dramas personales y comunes. Este es uno más, el mío, pero uno más. Los otros también son míos aunque no los haya parido.


LA JUSTICIA


Una vez que estuve en Israel acudí al Kotel. A mi lado, con la frente pegada al muro, una mujer lloraba en silencio. Tenía en la mano izquierda tres fotografías arrugadas. Nos miramos y nos abrazamos como por instinto. Sentí su llanto desconsolado en mi hombro y ella sintió el mío. No habló. Sólo me mostró las tres fotografías. Eran tres jóvenes con uniforme militar, dos chicos y una chica. Sus tres hijos. Muertos. Cuando nos separamos me sonrió. Shalom, me dijo. Y me acarició la cara de arriba abajo como hacen las abuelas. La vi alejarse hacia la explanada y quedarse quieta como esperando. Al poco rato apareció un hombre de pelo blanco que salía del lado izquierdo del Kotel.. Se cogieron de la mano y caminaron hacia la salida. Siempre hay una salida. Son judíos, pensé. Saben lo que significa vivir.´


Y la Justicia? La justicia también es eso. Aprender la manera de seguir viviendo a pesar de todo. Encontrar la paz dentro del caos del dolor.



Shalom.