viernes, 17 de abril de 2009

PARASHÁ SHEMINÍ (Y aconteció en el día octavo que llamó Moisés a Aarón y a sus hijos y a los ancianos de Israel…) LEVÍTICO IX:1 – XI: 47

Correspondiente al Shabat Mevarekhim 24 Nisan 5769 – 18 abril 2009


Por L. Conde


El GRITO


Hay cosas que nunca cambian. Desde que el hombre tuvo conciencia de que a través de sus hijos podría sobrevivirse a sí mismo, supo que no habría dolor más profundo que quedarse sin futuro. Ver morir a los padres, al pasado, duele y mucho, pero lo consideramos el proceso natural del tiempo. De ellos venimos y nosotros tomamos el testigo de la vida y lo transmitimos a los que nos sucederán. Pero invertir el orden de las cosas nos resulta infinitamente doloroso.


Aarón es la cara del espanto. Ve a sus dos hijos, Nadav y Avihú, consumirse entre las llamas. Dice este capítulo del Levítico que Aarón guardó silencio. Imposible. Tuvo que salirle el grito más desgarrador como ese cuadro de Eduard Munch, el horror, la desesperación, el no comprender. Si alguien ha perdido a un hijo sabrá que una mano extraña, áspera y enorme, con afiladas uñas, penetra en su cuerpo y le arranca las entrañas y el corazón de cuajo y siendo ese dolor insoportable sabe que es mucho más intolerable la sensación de haber sido vaciado por dentro, quedarse deshabitado como un desierto que antes contuvo toda el agua del océano. Tuvo que gritar Aarón porque era su carne la que allí ardía, la razón de su existencia, su trozo de eternidad. Aarón tuvo que revelarse contra Adonai, el Misericordioso, y donde estaba ahora su misericordia, qué importaba que sus hijos hubieran sido irrespetuosos, acaso Él no podía perdonarles, o enviarles un castigo menor en el que no les fuera la vida. Adonai, Adonai. Repetía Su nombre con rabia y sin embargo sabía que no tenía otro lugar más que Adonai donde refugiar su desconsolado dolor. El mejor puerto de abrigo para su nave de velas negras. Y, entonces sí, vino El Silencio.




EL SILENCIO


Las lágrimas dejan de fluir, los ojos se convierten en dos yacimientos de talco. La voz de apaga, enmudecemos para siempre. Entramos en un estado anestésico, no sentimos el cuerpo ni el alma. Sin embargo seguimos respirando. Parece mentira pero los días se suceden, y las noches. Es necesario pasar ese periodo de luto. Hay que enterrar a los nuestros en la tierra y en el pensamiento, que descansen en paz. Nosotros también necesitamos sosiego. Da vergüenza admitirlo, pero tenemos que seguir. Sin ellos. Con ellos. En silencio. Las lágrimas ahora son de sangre.


Pero ese proceso de aceptación pasa por tantas etapas. Aarón posiblemente se sienta culpable de no haber educado bien a sus hijos, de ser permisivo, de no entender que enseñar disciplina forma parte del amor. Se condena a cadena perpetua, cada día de su vida recordará lo que pudo haber evitado con una educación más severa. O no. Consuela más sentirse culpable que no comprender.


Pero tiene otros hijos a los que atender, forjados con el mismo amor que Nadav y Avihú. Qué pasó? Porqué siendo educados igual, queridos igual, ellos derivaron en una conducta impropia en la que nunca fueron instruidos? Aarón intenta comprender en silencio. Cada hijo es distinto, es cierto, aunque se les enseñe igual cada cual lo entiende según su temperamento. Es un dilema difícil. Educar a todos igual o a cada cual según su temperamento. Qué hacer. Los hijos también pasan por etapas con respecto a sus padres. Hasta que tienen treinta años no empiezan a comprenderles. Para entonces algunos ya los han enterrado.


Shalom