lunes, 14 de septiembre de 2009

LA MAR OCÉANA.

Rafal Olbinski
Por L. Y. Conde

Su madre había muerto un 18 de Av muchos años atrás. No solía pensar en ella. Se habían visto contadas veces. La madre hizo lo que tenía que hacer: poner tierra por medio, dejar todo atrás, a la hija de apenas tres años también. No hubo deudas entre ellas, sin embargo.

Las cartas llegaban cada vez más espaciadas, ya ni siquiera por el cumpleaños. Pensaba que también de eso quería olvidarse. Las veces que la vio no deseó besarla y habría preferido que ella no la abrazara. No quería
recordar su perfume. Sabía que el olfato es el más evocador de los sentidos. Su madre no tenía olor, ni textura, ni voz, ni movimiento. Le gustaba mirarla en aquella foto tan elegante, vestida de largo, en una fiesta de la embajada, los ojos entornados sin mirar a nadie pero sabiéndose observada por todos. Era hermosa su madre y lo sabía. Se preguntaba qué foto tendría ella enmarcada. Seguramente una que le envió vestida con el uniforme del colegio o aquélla que le hizo su padre una vez que le visitó en Berlín. No, esa no. Sabría que el padre estaría al otro lado de la cámara y no lo soportaría. Aunque puede que las tuviera en el fondo de un cajón entre la ropa íntima.

La última vez que habló con ella fue cuando la telefoneó a larga distancia para decirle que su padre se moría. Llegó a tiempo para verle con vida. Después del funeral se acabó. No supo más de ella, ni siquiera donde la enterraron. Sólo el certificado de defunción donde figuraba la fecha de su muerte le llegó semanas después. No le importaba. No le dolía. Él sí, él le sigue doliendo.

Años después, otro 18 de Av, recibió una visita inesperada. Era un anciano que venía a entregarle un paquete. ¿De parte de quién?. De vos misma, contestó. Le recordó a un poema de Tagore y pensó que era una lindeza del anciano. Tardó en reconocer bajo aquellas arrugas al hombre silencioso de su infancia, una especie de mensajero fiel que traía y llevaba recados entre ella y el padre, entre ella y la madre. Mensajes de Berlín a Buenos Aires, de Caracas a Santiago, y viceversa. Siempre le agradeció sus breves escalas entre viaje y viaje para darle noticias frescas de su padre a la ida, y de su madre a la vuelta. Recordaba más su voz que su rostro. Pero ya no había razón para hacer una nueva escala en su interminable viaje. Ya no había de quién o a quién enviar mensaje alguno. Toma, es tuyo. Y le entregó un paquete envuelto en un pañuelo de seda, como hacen los japoneses. No quiso quedarse a tomar un café. Como siempre, tenía prisa.

La seda envolvía una caja cuadrada y dentro una especie de ánfora con una inscripción: “Cenizas de E.” Abrió la tapa y hundió su mano hasta el fondo. Buscándola. Luego se pasó la mano impregnada de polvo por la mejilla como una caricia. Se fue a la cama y esa noche durmió abrazada a la madre, apretándola contra su vientre, encogida como un feto. No soñó. Se despertó temprano y de una manera automática, como si desde siempre supiera lo que tenía que hacer, cogió las cenizas e hizo un largo viaje hasta la costa.
“Siempre que viví lejos del mar mi vida fue triste”
Fue la frase más hermosa que le escuchó decir una vez en Buenos Aires, en la calle Florida, ella, que parecía hecha de un mineral magnético.

Las horas que duró el viaje le habló como si tuviera aún forma humana. Pero no tenía práctica en conversar con ella y sólo le salían frases inconexas. "Nada debo agradecerte, mano a mano hemos quedado, no me importa lo que hiciste, lo que hacés ni lo que harás....". O letras de tangos. Entre ellas nunca hablaron, sólo se sintieron. Sabía de la reciprocidad de los sentimientos desde que un hombre le dijo “Sé que me amas. Lo sé porque a mí me pasa lo mismo”. Y era verdad. Tal vez entre ellas también fue así. Pero sin palabras.

Cuando llegó al acantilado faltaba aún una hora para que desapareciera el sol. Recordó sin saber porqué que le gustaba el tango “Por una cabeza”, era de las pocas cosas que sabía que le gustaban. Eso, y las carreras de caballos. Estaba preciosa en el hipódromo con sus pequeños prismáticos y una pamela negra. Y ahora estamos aquí, madre, entregándote a la mar océana como tú la llamabas. Quién sabe, puede que el Atlántico te lleve hasta La Guaira o hasta Puerto Madero; allá fuiste feliz, tuviste que serlo, si no tu huída habría sido inútil y tú eras una mujer práctica, y brava, de esas a las que nadie ve llorar jamás. Sé cómo es eso, yo tengo tus ademanes y tu forma de mirar. Soy como tú. Soy tú. Así le habló. Destapó el ánfora y las cenizas volaron hacia las rocas y hacia el mar, la mar océana, y un poco hacia su rostro, y lo tomó como un beso leve y suave, como los daba ella, para que su maquillaje permaneciera intacto. Adios, madre. Le dijo con una sonrisa.

Tiempo después, en Caracas, se encontró con una conocida de su madre. Ah, sí, era la señora que tenía toda la casa con la misma fotografía ampliada en cada habitación. Era la foto de una niña con trenzas y un uniforme negro con cuello blanco. La hija, supongo.

Sólo entonces lloró por ella. Fue la única vez.

Siempre que mira la mar océana le pregunta si ya llegó a América.

Shalom, E.

4 comentarios:

Libny dijo...

Que lectura tan apacible en una sensacion en que las expresiones estan de mas.

Javier Comesaña dijo...

Hay personas en el mundo que merecen el lugar que ocupan.

Shaná Tová Umetuká.

Europaestáperdida dijo...

Siempre es sorprendente la forma en la que surgen las lágrimas por la gente que queremos. Una de ellas es saber cómo nos querían mientras nosotros los queríamos a ellos. Shalom

Anónimo dijo...

Una vez más conseguiste humedecerme los ojos, y sobre todo porque sé que este relato es verdadero por mucho que esté en un blog de cuentos cortos.
Un beso

Fdo. En la central lechera de Caldas